4.Paradojas keynesianas

Como veremos ahora, sin embargo, el escape que sugiere Samuelson en relación con el dilema keynesiano ahorro-inversión se corresponde muy de cerca con la salida que el propio Keynes intenta tomar. Pero esta solamente conduce a Keynes a más confusiones y contradicciones. En realidad, hay tantas de estas, que resultaría aburrido e inútil intentar poner de manifiesto más de unas pocas.

Keynes sostiene a veces, como hemos visto, que el ahorro y la inversión son no solo siempre iguales, sino “ simplemente aspectos diferentes de la misma cosa” . Sin embargo, aún se aferra a su vieja costumbre de deplorar el ahorro y aprobar la inversión. Así se ve en el caso de sostener que el ahorro reduce el ingreso, y la inversión lo acrecienta, ¡aunque “ son necesariamente iguales en volumen” y “ simplemente aspectos diferentes de la misma cosa”! (pág, 74).

A partir de aquí, me resulta imposible seguir sus distinciones, oscilaciones, reservas y contradicciones. En una larga sección (págs. 81-85) se nos dice: “ la preponderancia de la idea de que ahorro e inversión, considerados en su recto sentido, pueden diferir entre sí, solo puede explicarse, en mi opinión, por una ilusión óptica…” (pág. 81). A continuación sigue una larga explicación de la “ doble” naturaleza de la relación de un depositante individual con su banco. Entonces, “ el novedoso punto de vista de que puede haber ahorro sin inversión o inversión sin un ahorro genuino” (pág. 83) se describe como erróneo: “ El error radica en recurrir a la especiosa deducción de que cuando un individuo ahorra, incrementará la inversión total por una cantidad igual. Es cierto que cuando un individuo ahorra, aumenta su propia riqueza. Pero la conclusión de que también incrementa la riqueza global no toma en consideración la posibilidad de que un acto de ahorro individual influya a su vez sobre el ahorro de algún otro y, por tanto, sobre la riqueza de este último” (páginas 83-84). De aquí se sigue de alguna forma que es “ imposible que todos los individuos ahorren simultáneamente cualquier suma dada. Todo intento de esta naturaleza de ahorrar más reduciendo el consumo afectará a los ingresos de tal forma que se anule a sí mismo” (pág. 84).

En suma, parece que hemos de entender que, si bien el ahorro y la inversión son “ necesariamente iguales” y “ simplemente aspectos diferentes de la misma cosa” , ¡el ahorro reduce el empleo y los ingresos, y la inversión los aumenta!

Hay todavía otra paradoja keynesiana acerca del ahorro (aunque es “necesariamente igual” a la inversión, y son “ simplemente aspectos diferentes de la misma cosa” ):

Aunque un individuo cuyas transacciones sean pequeñas en relación con el mercado puede pasar por alto el hecho de que la demanda no sea una operación unilateral, no tiene sentido pasarlo por alto cuando se trata de la demanda global. Esta es la diferencia vital entre la teoría de la conducta económica del conjunto y la teoría de la conducta económica de la unidad individual, en la que suponemos que las variaciones en la demanda del propio individuo no afectan a su ingreso (pág. 85).

La única forma de que podamos encontrar algún sentido en todo este confuso pasaje es suponer que, cuando Keynes emplea la palabra “ahorro” , piensa simplemente en el acto negativo de no comprar bienes de consumo; mientras que, cuando utiliza la palabra “ inversión” , piensa en el acto positivo de comprar bienes de capital. Y cae en este error primario porque olvida su propia insistencia anterior en que “ ahorro” e “ inversión” son “ necesariamente iguales” y “ simplemente aspectos diferentes de la misma cosa” . Está pensando, de hecho, en cada caso, en un solo lado de la operación: El “ ahorro” se iguala simplemente con el acto negativo de no comprar bienes de consumo; la “ inversión” se iguala simplemente con el acto positivo de comparar o hacer bienes de capital. ¡ Sin embargo, estos dos actos son partes del mismo acto! El primero es necesario para el segundo. Algo análogo sucede en el terreno de los bienes de consumo por separado. Supongamos que cambian los gustos de un hombre, y que este pasa de la gallina al cordero. No vamos a reprenderle en un momento determinado por perjudicar a los avicultores y a elogiarlo a continuación por ayudar a los criadores de ovejas. Simplemente reconocemos que su poder de compra ha tomado una dirección en lugar de otra, y que si no hubiera dejado de adquirir gallina no habría tenido el dinero necesario para comprar cordero. A menos que un hombre se abstenga de gastar todo su dinero en bienes de consumo (esto es, a menos que ahorre), no tendrá fondos para comprar bienes de inversión.

Si se me permite anticipar aquí mis propios argumentos y conclusiones, diré que no puede haber un determinado volumen de inversión real neta en una comunidad sin un volumen igual de ahorro real neto. Cuando hablamos en términos reales, no solo el ahorro (neto) y la inversión (neta) son iguales, sino que el ahorro es inversión. Sin embargo, cuando hablamos en términos monetarios, el problema es más complicado. En términos monetarios, el ahorro de hoy no es necesariamente la inversión de mañana, ni la inversión de hoy es necesariamente el ahorro de ayer; pero esto es porque en el ínterin ha podido contraerse o expandirse la oferta de dinero.

Volvamos al razonamiento de Keynes. El propio Keynes se ha enredado en la ingenua y unilateral interpretación de los dos términos, ahorro e inversión, en que tan a menudo cae el hombre de la calle cuando habla de problemas económicos. Esta opinión nuestra se confirma un tanto cuando Keynes escribe:

En conjunto, el excedente del ingreso sobre el consumo, al que llamamos ahorro, no puede diferir de la adición al equipo capital, a la que denominamos inversión… El ahorro, de hecho, es un mero residuo. Las decisiones de consumir y las decisiones de invertir determinan conjuntamente los ingresos. (Las itálicas son mías, pág. 64.)

Por qué el ahorro ha de ser un “mero residuo” (sea lo que fuere lo que esto signifique) es algo que yo no sé decir. Pero la frase que he puesto en cursiva revela lo oculto del pensamiento de Keynes. No es la producción lo que determina el ingreso; no es el trabajo lo que determina el ingreso; ¡son las decisiones de consumir y las decisiones de invertir”!

Es difícil imaginar a Robinson Crusoe como keynesiano, pero si lo hubiera sido cuando regresó a Inglaterra, y los informadores le hubieran entrevistado en el muelle, la conversación podría haber discurrido
así:

“—¿Cómo da usted razón de sus grandes ingresos cuando estaba en la isla?—pudieron preguntarle los informadores.

”—Muy sencillo—habría contestado Crusoe—. Decidí consumir una enormidad, y lo que no consumí decidí invertirlo; y como resultado, naturalmente, mis ingresos crecieron y crecieron.

”—¿No estuvo determinado su ingreso por lo que usted produjo? —pudo preguntarle un perplejo informador.

”— ¿Producir? ¿Trabajar?—habría respondido Robinson Crusoe Keynes

—.¡Qué disparate! ¡Todo eso lo hemos modificado!”

En realidad, lo que tenemos en esta frase ( “ Las decisiones de consumir y las decisiones de invertir determinan conjuntamente los ingresos” ) es un ejemplo típico de la inveterada costumbre de Keynes de describir la causalidad no solo desde un punto de vista arbitrario sino inverso. Es cierto, por supuesto, que en la vida económica causa y efecto son continuos e incesantemente recurrentes, como en la cadena de la vida. Esto es como la verdad expresada paradójicamente en la definición de Samuel Butler: “Una gallina es solamente la forma de que un huevo haga otro huevo.” Ahora bien: esta afirmación no es falsa, fiolosóficamente hablando, pero es confusa para el sentido común. Para fines prácticos (por ejemplo, para un avicultor o para alguien interesado en negocios de huevos), es más útil enfocar la cuestión desde el punto de vista de la gallina. Así, si el método keynesiano de tratar el consumo como “ causa” de producción y de ingreso no puede decirse que sea enteramente erróneo, ciertamente induce a error, y de hecho es desastroso como premisa principal para un policía estatal. El punto de vista ortodoxo, y quizá insípido, de que el trabajo y la producción son la causa primaria del ingreso y hacen posible el consumo, resultará más útil a largo plazo, y es mucho menos probable que conduzca al supuesto embriagador de que la prosperidad y el pleno empleo pueden hacerse perpetuos a través del gasto estatal y de la máquina de imprimir.